La avispa en la cabeza

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Del audio falso que circuló estos días contra Iván Cepeda al ataque contra la capacidad de juzgar, así actúa la guerra cognitiva en plena campaña presidencial colombiana.

La semana pasada circularon en chats de WhatsApp en Guaviare, Huila y zonas rurales aledañas audios de un hombre que se identificaba como alias Rogelio Benavides, supuesto cabecilla de las disidencias de las FARC al mando de Calarcá, amenazando con multas, expulsiones y sanciones a campesinos y líderes comunales si no votaban por Iván Cepeda.

El 18 de mayo, el Ministerio de Defensa, la Policía y el Gaula desmintieron la pieza. La voz correspondía a Jefferson Antonio Ordóñez, alias Sergio o David, extorsionista común recluido en el patio 10 de la cárcel La Picaleña, en Ibagué. Llevaba meses suplantando comandantes disidentes para extorsionar. De una extorsión individual pasó a circular como orden política porque encontró el canal perfecto: la confianza del chat familiar. Lo que nació como delito carcelario se compartió con la prisa que produce el pánico y terminó con efecto electoral, aunque no se ha establecido quién lo instrumentalizó.

El caso deja ver cómo funciona la guerra cognitiva en campaña. Ingresó por los canales de mayor confianza, generó miedo y polarización, se propagó más rápido que cualquier verificación y convirtió a quienes lo recibieron en replicadores involuntarios. Ese audio no fue una mentira más. Fue una muestra de la forma más agresiva que hoy adopta el desorden informativo.

Más allá del dato falso, lo que importa es su efecto. Ya no basta con plantar una mentira en la conversación pública. La maniobra apunta al juicio del votante y busca desgastarlo hasta volver incierta la frontera entre verdad y montaje.

Esa presión deja una secuela. Cuando aparezca una grabación auténtica de un político cometiendo un delito, alguien podrá descartarla como montaje. A eso se le llama el dividendo del mentiroso. La mentira no solo engaña. También vuelve inútiles las pruebas verdaderas. 

Y la picadura se vuelve más eficaz en medio de una saturación informativa deliberada. Un escándalo tapa el anterior antes de que nadie alcance a entenderlo. Un audio falso desplaza una denuncia real. Una encuesta manipulada con inteligencia artificial corre más que cualquier rectificación. No porque lo anterior se haya resuelto, sino porque ya llegó algo más ruidoso. Esa avalancha constante fatiga al votante y lo deja aturdido, exactamente como la cucaracha que ya no sabe si huye o sigue a la avispa.

Nada de esto nació esta semana. En el plebiscito por la paz de 2016, las cadenas de WhatsApp y los mensajes diseñados para activar miedo o indignación coincidieron con una elección decidida por menos de 53.000 votos. Entonces hablábamos de posverdad y propaganda digital. Ahora, con algoritmos que premian la indignación y herramientas de inteligencia artificial capaces de contaminar incluso los resúmenes de los chatbots, el daño llega más lejos. Para que la operación funcione, no es suficiente con que creamos una mentira. Hace falta que la repitamos hasta convertirla en verdad colectiva.

Ilustración 1 Anatom´â de una pieza de guerra cognitiva

Dominación por anestesia

Existe una avispa esmeralda que no mata a la cucaracha que ataca. Le inyecta un compuesto que llega al cerebro y suspende brevemente su voluntad de huir. La presa, sedada pero viva, camina junto a la avispa hasta el nido donde alimentará a las crías. La guerra cognitiva persigue algo parecido. No busca convencernos de una idea ni reemplazar nuestras creencias. Busca que actuemos sin darnos cuenta de que la idea no es nuestra.

La propaganda clásica buscaba adhesión pasiva, que creyéramos. La guerra cognitiva quiere que pulsemos reenviar convencidos de actuar por cuenta propia. Se completa cuando la víctima termina propagando la desinformación sin advertirlo. Funciona porque muchas de nuestras decisiones cotidianas no pasan por una reflexión larga, sino por reflejos, hábitos y atajos mentales que un estratega con datos suficientes puede anticipar y activar.

El filósofo Byung-Chul Han ha descrito esta mutación al señalar que la dominación contemporánea ya no se ejerce mediante la fuerza, sino mediante la comunicación. Esta, potenciada hoy por los datos personales, puede llegar a cada uno de nosotros por separado y condicionar nuestro actuar.

Cuando la presión sobre nuestra atención, nuestra memoria y nuestras decisiones se vuelve masiva, lo que se pierde es el suelo común, el espacio donde una sociedad discute, verifica y decide. Los analistas llaman a esta deriva anarquía epistémica. Es el punto en el que no logramos ponernos de acuerdo ni siquiera sobre los hechos básicos. Sin ese piso compartido, el debate público se desvanece.

La maniobra avanza porque la indignación fija la atención en lo urgente y la aparta del análisis. La fatiga debilita el pensamiento crítico. Y la saturación deja al público exhausto, polarizado o indiferente. Cualquiera de esas salidas favorece a los manipuladores.

Las vías del ataque

En una campaña colombiana la guerra cognitiva rara vez se presenta con apariencia militar. Llega como un mensaje confiable, un torrente de cifras, un chiste viral o una respuesta automática de una máquina. Cambia el disfraz, pero no el método. Se mete en la conversación cotidiana, aprovecha la confianza previa e impulsa reacciones antes de que llegue la verificación. Hoy es posible identificar algunas vías por las que esas maniobras entran en la campaña y alcanzan al votante.

El caso Cepeda muestra una, la captura de los canales de confianza. Espacios donde no esperamos manipulación porque por ellos circulan voces de familia, vecindario y oficina. En esos canales, la credibilidad ya no la pone una institución, sino la persona conocida que comparte los mensajes. 

A esa se suma otra vía visible, la propaganda computacional. Bots y granjas de cuentas capaces de inflar tendencias y fabricar la sensación de que una consigna ya se volvió mayoría. Los registros en Cuentas claras muestran que hay campañas que están invirtiendo más de $100 millones diarios en pauta en las plataformas digitales.

Quien ha seguido los escasos debates presidenciales y sobre todo las entrevistas largas a los candidatos en medios reconoce un patrón que corresponde a una tercera vía. Un candidato suelta siete cifras en cuarenta segundos. El periodista no puede verificar ninguna en vivo. Inventar un dato toma segundos. Desmentirlo exige un tiempo que el formato casi nunca permite. Esto se llama Gish gallop y consiste en disparar tantas afirmaciones falsas o a medias, a tal velocidad, que el rival o el entrevistador no alcanza a refutar ninguna.

En las últimas semanas han circulado masivamente en TikTok y otras redes dos tipos de videos generados con inteligencia artificial. Por un lado, las llamadas “frutinovelas”, donde los candidatos aparecen convertidos en frutas. Por otro, sátiras virales como las de “Los de Siempre”, en las que los principales personajes de la política contemporánea aparecen reunidos en escenarios cinematográficos, organizándose o conspirando para enfrentar al “tigre”. Uno funciona con humor ligero. El otro, con una narrativa de conspiración épica. Ambos representan otra vía de la guerra cognitiva: capturan la atención, simplifican la política a una pelea de barrio o de película y esquivan la verificación porque sugieren en vez de afirmar. En una campaña, esos videos cortos, graciosos y fáciles de reenviar pesan más que una falsificación impecable.

Otra vía, más nueva y todavía poco conocida, corresponde a la manipulación de los chatbots, o LLM grooming. El término fue acuñado en febrero de 2025 para nombrar una práctica difícil de detectar: contaminar internet con grandes volúmenes de contenido para sesgar las respuestas de los modelos de lenguaje. Para un votante que acude a ChatGPT, Gemini o cualquier otra IA para informarse sobre un candidato, el riesgo es evidente.

La guerra cognitiva es esa picadura calibrada. Un día inyecta miedo con un audio falso, al día siguiente hace reír o indignar con un video de máquinas. En casi todos los casos, la avispa consigue que caminemos hacia donde ella quiere.

La maquinaria local

Es tentador atribuir cada montaje a una unidad rusa, a granjas de trolls asiáticos o a equipos iraníes o israelíes. Algunos casos los tienen. En una campaña colombiana, sin embargo, buena parte del trabajo la hacen colombianos.

El Proyecto Júpiter lo dejó claro. Esta industria se mueve desde empresas, fundaciones, consultoras y operadores locales que conocen el terreno, los agravios y los ritmos de campaña.

En ese mercado hay una asimetría que rara vez se nombra. Algunos actores de esta industria facturan simultáneamente por dos servicios opuestos: llenar pantallas con contenido y hacer desaparecer contenido incómodo de los resultados de búsqueda. La misma mano que satura también borra. Esa doble capacidad vuelve la disputa todavía más desigual.

Detrás de cada operación trabajan asesores de comunicación y consultoras que facturan millones por estrategia digital. La guerra cognitiva no la libran, en su mayoría, hackers extranjeros escondidos en sótanos. La ejecutan equipos locales con experiencia en activar sesgos y en convertir al ciudadano en multiplicador del ataque. También saben algo más. No envían el mismo mensaje a todo el mundo. Usan datos para dirigir piezas distintas a públicos distintos, según sus miedos o preferencias.

Desmontar estas campañas exige capacidades técnicas, vigilancia institucional y coordinación pública que el país todavía no muestra. Y queda un actor más, casi siempre fuera de las cuentas. Nosotros. Cada audio reenviado sin verificar, cada burla automática al meme del rival, cada like dado antes de leer el titular completo alimentan el mismo circuito. Vamos dejando un rastro de hábitos, miedos y preferencias que luego se usan para segmentar la próxima campaña. Somos víctimas, pero también alimentamos el circuito.

Resistencia lúcida

La tentación frente a este panorama es romántica y peligrosa. Apagar el celular, borrar las redes, refugiarse en el papel. No funciona y, en democracia, equivale a una renuncia. La resistencia útil tiene otra forma. Pisar el campo de batalla sabiendo dónde están las minas. La avispa esmeralda paraliza a su presa porque la presa no sabe que ha sido picada. Saberlo es ya media defensa.

Frente a una máquina capaz de individualizar la manipulación hasta el punto de hacer que dos vecinos reciban mentiras distintas, la única protección real es volver a hablar entre nosotros. Conversar fuera de pantalla con la familia antes de creer una cadena, formar pequeños grupos de verificación en el trabajo, con vecinos o amigos, y exigir a candidatos y consultoras que rindan cuentas por el origen y la pauta de cada pieza. Ningún votante se defiende solo. Se necesita una comunidad que contraste, pregunte y no reenvíe de manera automática (Ver infografía).

La avispa cumple su cometido solo si la cucaracha sigue caminando sin oponer resistencia. La pregunta que nos deja la campaña, entonces, no es si nos están picando. Nos están picando. La pregunta es si vamos a seguir caminando en la dirección que otros eligieron por nosotros.

Publicado en Razón Pública, el 17 de mayo de 2026

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