La fábrica del cansancio moral

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Por qué informarse y votar se volvió una tarea extenuante para muchos ciudadanos en plena campaña electoral

Esta semana, mientras los colombianos se preparan para elegir Congreso, varios medios volvieron a hablar de un fenómeno juvenil que desconcierta: los therians, jóvenes que se sienten identificados con animales. Más allá de las lecturas habituales, algunos analistas lo interpretan como un síntoma de que ser humano hoy se volvió una carga agotadora. La vida exige explicarse sin descanso, mostrar una imagen impecable y narrar cada paso que se da. Cuando esa exigencia asfixia, algunos buscan refugio fuera de los límites de lo humano.

Un agotamiento similar atraviesa al ciudadano común, obligado a verificar cada audio que le llega por WhatsApp, a gestionar la rabia que producen las redes, a distinguir entre noticias falsas y verdades manipuladas y a decidir entre más de 3.000 candidatos al Congreso en un ambiente donde cada dato tiene su contradicción, y cada historia, su versión opuesta. Así como el therian busca una identidad que no exige explicaciones permanentes, el ciudadano exhausto prefiere callar y no votar. “Para qué votar si nada cambia”. “Todos son iguales”. “Ya no sé a quién creerle”.

Esas frases no reflejan desinterés sino desgaste. Y ese agotamiento tiene nombre: cansancio moral, y hoy con frecuencia se fabrica.

Una herida en la voluntad

El cansancio moral no equivale a pereza ni apatía. Es una herida en la voluntad: un agotamiento que afecta la capacidad de decidir, actuar y creer que las acciones propias pueden cambiar algo. Surge cuando las exigencias de ser siempre responsables, correctos y atentos se vuelven una carga insoportable, un peso que nadie impuso de forma explícita, pero que ya no se puede soltar.

Golpea con más fuerza a quienes perciben con claridad la injusticia y la mediocridad en su entorno. Y a quienes han intentado informarse con rigor y sostener discusiones difíciles en espacios cada vez más hostiles, hasta preguntarse si un sistema que premia el cinismo merece ese esfuerzo.

A diferencia del burnout, que remite al agotamiento laboral, o de la fatiga de compasión, que describe la caída de la empatía ante el sufrimiento ajeno, el cansancio moral se vincula con la vida democrática. La persona sigue teniendo claro qué considera correcto, pero ya no siente fuerzas para sostenerlo en la práctica. En ese momento se abre la puerta para lo que Albert Bandura llamó la desvinculación moral: las personas minimizan el daño, trasladan la responsabilidad o se repiten que “todos hacen lo mismo”. Se pasa de querer participar a convencerse de que nada vale la pena.

Mecanismos del agotamiento

El cansancio moral no aparece de la nada. En muchos casos, es el resultado de un diseño deliberado que busca agotar la capacidad crítica del ciudadano mediante mecanismos interconectados. Ahí, el desorden informativo actúa como una estructura que vuelve extenuante la tarea de comprender y de participar.

El primer engranaje es la saturación. La censura por ruido ya no oculta información como la censura tradicional inunda el espacio público con escándalos y controversias superficiales que desplazan los debates de fondo. El ruido no es un accidente. Se usa como táctica. Se nota cada vez que Gobierno u oposición imponen en la agenda un tema estridente para tapar otro más incómodo.

Otro engranaje es la restricción en la difusión de encuestas, que ha privatizado información de calidad, dejando a los ciudadanos expuestos a sondeos no regulados y cifras incongruentes. No sorprende que, a pocos días de los comicios, más del 25% de los votantes aún no tenga claro por quién optar.

La comunicación política se ha convertido en monólogo disfrazado de diálogo. Las campañas usan las redes como altavoces de mensajes fragmentados que solo defienden sus posturas, sin espacios para que la gente pregunte, cuestione o exija cuentas. El voltearepismo (esa costumbre de cambiar de bando sin explicación alguna) refuerza la sensación de que todo es simulación. Las palabras de ayer se reemplazan por las de hoy y la coherencia se trata como un estorbo. Ese cinismo es impulsado por la constatación repetida de que quienes piden confianza son los primeros en deshacerse de ella.

A todo esto se agregan el slop y los deepfakes: contenido basura generado por inteligencia artificial que inunda las pantallas con material fabricado. La guerra sucia con IA generativa ya tiene casos reportados en esta campaña: audios fabricados que imitan las voces de políticos, imágenes manipuladas, tergiversaciones que viajan sin filtro y afectan la confianza en lo que se ve. Si cualquier video puede ser falso, ningún video importa. La desconfianza se generaliza y la ciudadanía termina por desconectarse.

Pero la pieza central de esta fábrica es la lógica misma de las grandes plataformas digitales. Llevaron al extremo lo que la televisión había iniciado: la conversión de la información en espectáculo y de la política en producto de consumo. No se limitan a transportar mensajes engañosos; moldean la forma como muchas personas perciben la realidad. Su diseño premia lo que indigna, lo que divide y lo que simplifica. La emoción desplaza a los hechos y la política queda reducida a consignas fáciles de digerir. 

Frente a ese flujo de estímulos discordes, la ciudadanía se rinde. La maquinaria produce agotamiento hasta que el ruido resulta tan ensordecedor que la única salida parece el silencio. En ese punto, el desinterés por la política deja de verse como un accidente y se convierte en la forma habitual de funcionamiento. Dejamos de preguntarnos “¿cómo participo?” y empezamos a preguntar “¿para qué participar?”

La trampa emocional del electorado

En Colombia, esta fábrica del cansancio moral actúa sobre tendencias políticas que refuerzan el desgano y la indiferencia aparente. Históricamente, la abstención en elecciones legislativas se acerca al 50%. En 2018 votó algo más de la mitad del censo; en 2022 la participación cayó todavía más. El Congreso, que decide sobre la vida cotidiana de millones de personas, se elige con la presencia de apenas la mitad de quienes pueden votar.

Junto a esos datos, hay una paradoja incómoda que aparece muy clara en el estudio Cuidar la democracia. La gran mayoría (el 92 %) afirma creer que su voto puede marcar la diferencia, pero al mismo tiempo más de la mitad (60%) declara que no acudirá a las urnas. Esa combinación —confianza declarada en la herramienta, desconfianza práctica en el proceso— indica que la fábrica del cansancio ha logrado convertir la participación en una tarea que se vive como agotadora.

El electorado queda atrapado en una trampa emocional. Elegir una y otra vez por el “mal menor” desgasta la esperanza, mientras la imagen de un sistema dominado por clanes regionales y familiares refuerza la idea de que el voto individual no cambia nada. Cuando las elecciones se reducen a escoger entre amenazas, no entre proyectos, la frustración se acumula. La confrontación entre resentimiento hacia el pasado (muy del progresismo) y crítica visceral al presente (muy de la derecha extrema) convierte cada jornada electoral en un plebiscito sobre cuál peligro parece menos grave. Si a eso se añaden crisis simultáneas (económicas, de seguridad, de confianza institucional) y un entorno mediático saturado de ruido, se entiende mejor por qué muchos terminan desbordados y se refugian en el “apague y vámonos”.

Como lo describieron hace décadas Lazarsfeld y Merton al hablar de la disfunción narcotizante de los medios, un bombardeo de noticias genera la sensación de estar informado, pero en realidad paraliza. Hoy, ese efecto se multiplica por el eco incesante de cadenas, videos cortos y memes políticos. No sorprende que, como documenta el Reuters Institute, cada vez más personas eviten activamente los contenidos informativos: no porque el mundo les resulte indiferente, sino porque seguir al detalle cada crisis se percibe como algo dañino para la salud mental.

Y a eso se suma algo que ya no se limita a la pantalla: la polarización afectiva. No se trata solo de desacuerdos sobre políticas públicas. Se cuela en los chats de familia, en grupos de amigos, en los entornos de trabajo. El problema ya no es pensar distinto, sino quedar etiquetado como enemigo. Participar en una conversación se vuelve riesgoso: cada comentario puede desencadenar discusiones interminables o rupturas. En ese clima, expresarse tiene un precio emocional tan alto que muchas personas optan por callar y, más tarde, por no votar. El desgaste ya no se limita al plano informativo. Se vuelve emocional.

En medio de este panorama aparecen grupos de votantes que sí quieren participar, pero no encuentran opciones creíbles, atrapados en el “todos son iguales”. Justamente sobre ellos recae con más fuerza la fábrica del cansancio moral, que convierte la desmovilización en una salida que se presenta como racional. Si el agotamiento gana, el poder queda en manos de estructuras capaces de movilizar voto organizado y disciplinado, sobre todo las clientelistas. La abstención se vende como gesto de protesta, aunque en la práctica se parezca más a una renuncia.

Elegir sin bajar los brazos 

Si el cansancio moral se fabrica, también puede enfrentarse. La Alfabetización Mediática e Informacional ofrece herramientas concretas. Gestionar la dieta informativa, practicar el ignorado estratégico, distinguir entre escepticismo y cinismo y romper el ritual tribal de compartir sin verificar ayudan a recuperar margen de decisión. Pero la respuesta individual no alcanza sin cambios institucionales: transparencia algorítmica, protección del periodismo independiente, educación mediática, regulación de contenido tóxico.

El Congreso que se elige este 8 de marzo define las leyes que afectan a 52 millones de personas y debería servir para frenar excesos del poder. No votar no es un gesto de protesta, sino dejar que otros, muchos organizados por estructuras clientelistas que movilizan el voto con precisión, decidan por todos. A pocos días de las elecciones, la cuestión no es tener información perfecta ni candidatos ideales, sino elegir si permitimos que el desgaste moral nos convenza de que nada vale la pena.

La imagen de los therians en cuatro patas merece quedarse un rato más en la cabeza. No como burla, sino como interrogante. La escena de esos jóvenes que buscan refugio en lo animal refleja un agotamiento más amplio: lo humano, como lo hemos construido, se volvió insoportable. Muchos encuentran alivio en el silencio, en no votar, en desconectarse de las noticias. La esfera pública dejó de ser un lugar habitable para demasiada gente, y de ahí surge el cansancio moral, no de la indiferencia. Pero en democracia no hay escapatoria: si el desánimo gana, las decisiones seguirán tomándose, solo que serán otros quienes las impongan.

Publicado en Razón Pública, el 1 de marzo de 2026

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